Podríamos aventurar una definición de misericordia recogiendo su etimología. Misere quiere decir necesidad, pena, miseria. Cordis es lo relacionado al corazón. Y la terminación ia hace referencia a una apertura hacia el otro, un sentimiento de solidaridad o empatía. De la unión de estas partículas podemos decir que la misericordia es abrir el corazón hacia quien pena, disponer el corazón hacia las necesidades de los demás.

La misericordia, como la caridad, comienza por uno mismo. Y, precisamente, comienza por uno, para no quedarse en uno mismo. Es decir, para salir hacia los demás. Si uno es consciente de sus límites, los sabe afrontar, tolerar y amar, también uno es capaz de hacer lo mismo con los demás y solidarizarse con su situación, cualquiera que sea.

La misericordia conlleva una gran actividad interior y exterior para las personas que se atreven a encarnarla. De hecho, la misericordia es una manera de relacionarse. O, mejor dicho, un ingrediente vital en toda relación humana. La misericordia lleva a la aceptación, al perdón y a la reconciliación. En primer lugar, aceptación de las propias limitaciones y errores, con mucho amor, pero con mucho realismo también; por consiguiente aceptación de las limitaciones y errores de los demás. Este hecho nos va empujando al perdón, perdón hacia uno mismo, pero también para con nuestros prójimos. Entonces aparece la reconciliación: la madurez de las relaciones que han sabido amarse en la diferencia.

No es en vano que el papa Francisco haya querido comenzar un año dedicado a la Misericordia en uno de los continentes más afectados por la miseria: África. Ahí ha querido abrir las puertas del corazón de los cristianos hacia la necesidad de quienes más sufren las injusticias. La misericordia lleva a la alegría, y es a donde nos convida a llegar Francisco. Uniendo las manos. Palpándonos iguales. Descubriéndonos hermanos.

Todas y todos contenemos miserias, de muchos tipos. Por lo tanto, todos somos dignos de misericordia, de tener un lugar en el corazón de los demás y ser acogidos en nuestras necesidades. El gran misericorde es Dios, nuestro padre. No olvidemos que tenemos un lugar especial en su corazón.

Audio: Misericordia: un lugar en el corazón de los demás

Texto: Javier Bustamante
Música: Manuel Soler, con arreglos e interpretación de Josué Morales
Producción: Hoja Nuestra Señora de la Claraesperanza

 


 

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